HANAL PIXÁN: RAICES Y SINCRETISMOS DE LA MUERTE

En la cultura maya el hombre se concibe con un naturaleza dual, es decir, la unión del cuerpo y la identidad anímica, que se separan en el momento de la muerte para habitar en los sitios del cosmos, entre ellos el inframundo, llamado Xibalbá, que se traduce como "el lugar donde se desvanecen".

El Día de Muertos en México representa un evento único, mágico, donde lo esotérico roza con la cotidianeidad. Por un momento, la muerte se vuelve festiva en la recordación de los parientes fallecidos. Propios y extraños miran la suntuosidad con que el país celebra, con tanto ahínco, la muerte, porque se afirma, es una celebración a la vida y sobre todo a la memoria.

A pesar de que en nuestro mundo globalizado el Halloween tenga popularidad, en México permea sin que se pierda el profundo sincretismo cultural, basado en las hondas raíces culturales milenarias, heredades de la tradición indígena, y el ideario católico romano. Por lo tanto, México tiene en el Día de Muertos, una de las cartas más fuertes de expresión cultural.

La muerte en la cultura maya

En nuestra región, los mayas creían en un solo dios llamado Hunab Kú, creador de los cielos, la tierra y todo lo existente. El mundo era sostenido por los bacabes, situados en sus cuatro esquinas: al norte estaba Xaman de color blanco; al sur Nojol de color amarillo; al este, Lakín, de color rojo y al oeste Chikín de color negro.

Tanto el libro “Ritual de los Bacabes” como el “Chilam Balam de Chumayel”, mencionan que los 4 bacabes o dioses protectores del firmamento levantaron la tierra tras una hecatombe, así que plantaron un ejemplar de ceiba en el centro para sostener el mundo. La ceiba era pues el “axis mundi” del universo maya, punto de conexión entre la tierra y el cielo. Las ramas más frondosas de la ceiba, correspondían a los trece espacios celestiales, y las raíces gruesas y profundas conducían a los nueve mundos inferiores de Xibalbá.

La vida se constituía por el Pixán, que se traduce como “alma” o “ánima”. Aliento de vida que era entregado al hombre por los dioses al momento de ser engendrado. Esta circunstancia era determinante en el vigor y energía del individuo, la conducta de cada ser humano así como su vida en la tierra. Era pues, el elemento que viajaría al inframundo al sobrevenir la muerte física.

Los mayas recibían el fallecimiento con naturalidad. Cuando alguien moría se le amortajaba, y para evitarle hambre en la otra vida, se le ponía en la boca masa de maíz molido. Las ofrendas también eran necesarias junto al cuerpo. Se colocaban junto con pertenencias, según el rango social y sexo. Si era sacerdote, sus libros sagrados o cuentas para predecir el futuro. Si era guerrero sus armas, si era mujer las piedras para moler maíz y sus utensilios de tejer. También era común enterrar a un perro que sería la guía del Pixán de su amo en ese viaje eterno.

A las personas del pueblo llano que morían se les sepultaba generalmente bajo el piso de sus casas o en el patio de éstas. Los gobernantes por el contrario, eran sepultados en hermosas tumbas –algunas de ellas hablan de una dinastía, la dinastía de los reyes serpiente- una de estas tumbas fue recientemente descubierta en Belice que habla sobre este linaje por medio de placas jeroglíficas. En cuanto a los guerreros y sacerdotes generalmente se les incineraba.

Las mesas de los altares mayas, con su plano rectangular, representaba a la tierra, sus soportes a los bacabes, eran cuatro horquetas que se prolongaban por encima de esta dimensión y tenían su punto de sujeción en el centro de la mesa. Sobre la mesa se colocaba copal, agua, sal, fuego, maíz, cacao, balché, pozole, semillas, frutas, plumas piedras preciosas, ofrendas que permitían el transmutar de los Pixanes con la Madre Tierra.

Sin embargo el “Día de Muertos” como tal no existía en la cultura maya, ni en ninguno otro pueblo indígena de México, porque sus rituales no se practicaban a principios de noviembre, que son ante todo, herencia católica.

Día de Todos los Santos y Fieles Difuntos

Las fiestas de Todos los Santos y de Fieles Difuntos son liturgias que datan del siglo X, promovidas en Francia por el Abad de Cluny como recordación a los Macabeos. La iglesia romana lo aceptó hasta el siglo XIII y ha mantenido su vigencia. Su celebración consistía en que Iglesias, conventos, capillas y santuarios exhibían sus tesoros y reliquias, consistentes en despojos humanos de mártires y “santos”, para recibir de los fieles, ofrendas de oraciones, que otorgaran el perdón de los pecados y evitaran la entrada al infierno. Por ello, estos centros religiosos se convertían en lugares de verdaderos festejos y peregrinaciones.

Esta costumbre sustituyó simbólicamente la visita a los Santos Lugares que todo católico debía realizar una vez en la vida. En los reinos católicos de León, Aragón y Castilla para estos días se preparaban ciertos alimentos como dulces y panes con la forma de las reliquias, es decir, imitando los huesos y calaveras de los “santos”. En Italia estos huesos de santo eran hechos con harina de almendra.

Tales alimentos se llevaban a la iglesia para ser bendecidos y más tarde en las casas, se les colocaba en “la mesa del santo”, donde estaba la efigie del santo predilecto adornado con los panes con figura de huesos benditos que santificaban el hogar y pedía para sus moradores la intermediación protectora.

Se puede apreciar entonces, que la costumbre de poner un altar con figuras de huesos, aunque tiene elementos en común con las culturas indígenas, no es eminentemente precolombina, incluso costumbristas del siglo XIX se refieren a estas manifestaciones en México de la siguiente manera: “Esta costumbre romana y pagana, llegó a México con los castellanos y en particular con los gallegos, pues muchas de las costumbres paganas, las conservaron los católicos.” (A. Bazarte y E. Malvido, “Los túmulos funerarios y su función social en la Nueva España. La cera, uno de sus elementos básicos”. En Espacio de mestizaje, UAMA, México, 1991).

Según Elsa Malvido, historiadora, profesora e investigadora del INAH, el supuesto origen prehispánico del Día de Muertos fue iniciado durante el gobierno de Lázaro Cárdenas para fomentar el nacionalismo, la llamada mexicanidad.

Desde entonces, cada mexicano monta un altar que representa su dualidad existencial. Celebrando nuestros muertos se celebra la vida, sus vidas. Las fotografías de parientes fallecidos, las calaveritas profusamente adornadas, los incensarios, los manjares que en vida preferían los ancestros, toda una colorida manifestación cuya raíz más profunda es el mestizaje de nuestra propia mexicanidad.

Los altares

Pero nuestra mexicanidad no es homogénea ni uniforme. Cada región y aún cada Estado del país tiene su propia singularidad. Así en nuestra región y en particular en el Estado de Campeche, el altar que generalmente se aprecia en cada hogar, sobre todo, el de profunda tradición de los abuelos, está coronado por una cruz verde que es un símbolo de amalgamiento entre religiones, en este caso la religión maya con el catolicismo.

No olvidemos que los mayas conocían la cruz desde antes de la Conquista y se puede apreciar esculpida en ruinas arqueológicas que datan desde el Clásico Posterior, por lo que fue un símbolo de acercamiento con el cristianismo y herramienta útil en la evangelización.

El singular color verde de la cruz es referencia de la Ceiba o Ya´ax Che´ (árbol verde) que en la cosmovisión maya simbolizaba el universo y su división. Árbol cósmico cuyas raíces son el mundo subterráneo incorpóreo y en lo alto la eternidad. Puerta sagrada entre el cielo, la tierra y el Xibalbá (inframundo).

En los sitios de mayor etnicidad de los pueblos rurales, se improvisaba no solo la cruz verde símbolo de Ya´axche´, sino una vela encendida, cuatro jícaras de atole nuevo, una en cada esquina de la mesa y una quinta en el centro como representación de los bacabes o cuatro puntos cardinales y la ceiba. Siete montones de trece tortillas cada uno como símbolo del calendario Tsolk´iin y cuatro recipientes con carne de puerco o pavo guisados en adobo o chilmole.

Las fotografías sirven como una recordación de los fallecidos en la mesa, casi siempre debajo de la cruz. Tanto en el medio rural como citadino, son importantes las luminarias ya que la luz representa el fuego de la vida; si es en rememoración de niños se usa de colores si es de adultos se usa negro o blanco. La mesa es ricamente adornada con flores para darle más vistosidad a la bienvenida de las ánimas. El incienso, cumple con la función de llevar el olor de la comida a los incorpóreos visitantes, comida que en maya se dice Hanal Pixán que en español significa “Comida de las Ánimas”, que inicia desde el 31 de octubre cuando se recuerda a los niños fallecidos, para dar paso a los adultos cuya evocación son los días 1 y 2 de Noviembre.

El pibipollo es el protagonista culinario en la mesa por estos días señalados. Tamal de forma cilíndrica es preparado con mucho esmero y dedicación desde la madrugada. Conforme va pasando el día la vianda toma aspecto. Al final, teniendo como base la envoltura de hoja de plátano, se construye el cuenco circular y su concavidad se rellena con guiso de puerco, gallina o pollo aderezado con tomate, cebolla, cebollín y epazote.

El pibipollo representa el cuerpo de un muerto. Se cocina en pib, bajo tierra, tal como lo hace un fallecido que desciende al descanso eterno en la sepultura. Y emerge con el fuego ya cocinado. La masa envolvente es la piel, los pedazos de puerco o pollo, los órganos. En fin toda una simbología cosmogónica de ultratumba. También están presentes los dulces tradicionales, de ciricote, de papaya, de calabaza, las cocadas, los frailes, los majablancos.

Todo esto está sobre un mantel, que para los niños puede ser de colores y en los adultos es blanco. Su significado es puramente ornamental. Para los difuntos olvidados que no tienen quien les rece se pone una mesa aparte y se les coloca también comida. Así las ánimas son siempre bienvenidas.

Estos son los principales elementos en altares con reminiscencias mayas y mestizas de nuestra región y particularmente de nuestra ciudad amurallada.

Ahora hay otros elementos que se han amalgamado ya sea por aculturación o también por comodidad. En el primer rubro está la flor de cempasúchil propia del centro del país, en el segundo aspecto podemos mencionar que el pibipollo se hace ya en forma cuadrada teniendo como base un refractario de tal forma. Asimismo son comunes otras adhesiones subjetivas de la familia que decore la mesa, según también los gustos del difunto junto con el hanal pixán, hay cigarros, licor, etc.

En comunidades de Campeche como en los Nuevos Centros de Población donde mexicanos de otras latitudes se han afincado, los altares son de presentación diferente; la decoración varía sobre todo en la profusión de papel de china de variados colores llamativos y estrindentes, que le dan más colorido a la mesa de ofrendas. Asimismo, la flor de cempasúchil es el principal ornamento vegetal. Es habitual utilizar sus pétalos para marcar en el suelo el camino que deben seguir las almas de los difuntos hacia los altares domésticos levantados en su honor.

Por eso desde los años cuarenta del siglo XX México se convirtió en un país sumamente escatológico, donde se come a la muerte en forma de dulces de azúcar, de mazapanes o de tamales cilíndricos como en nuestra región.

Como sea, la tradición persiste y la singularidad se perpetúa. Sin embargo, lo que consideramos de larga data no lo es tanto, sino los diversos elementos que la componen. La concepción del “Día de Muertos” tan vistosa, es solo un elemento nuevo de la época cardenista, resultado de una imposición manipuladora sobre la concepción de la muerte, lo que demuestra que los rituales, como las tradiciones, pueden evolucionar o perecer tal como el hombre mismo.

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS
Bazarte y E. Malvido, “Los túmulos funerarios y su función social en la Nueva España. La cera, uno de sus elementos básicos”. En Espacio de mestizaje, UAMA, México, 1991
Adriel Alejandro León Loría. Del Inframundo maya al infierno español. En Revista Aulas No. 6. Año I. Instituto Campechano.
Elsa Malvido. La festividad de Todos Santos, Fieles Difuntos y su Altar de Muertos en México. Patrimonio Intangible de la Humanidad. En Revista Patrimonio Cultural y Turismo. Cuadernos. 16. Visto en: https://cultura.gob.mx/turismocultural/publi/Cuadernos_19_num/cuaderno16.pdf
Mario Huberto Ruz. Aparecidos y retornados: Viajeros mayas del más allá. En Revista Aulas No. 6. Año I. Instituto Campechano.
Lázaro Cárdenas, el Presidente que inventó el Día de Muertos. Visto en: https://www.unionguanajuato.mx/articulo/2020/10/cultura/lazaro-cardenas-el-presidente-que-invento-el-dia-de-muertos
Teresa Ramayo et al. Hanal Pixan: Alimento de las Ánimas.