ANTIGUAS IGLESIAS DEL MUNICIPIO DE CAMPECHE: ENTRE EL ENCANTO Y EL OLVIDO

"Me detengo ante estas ruinas, ante el Sol que entra por los poros. Las piedras hablan por los años, los arcos sostienen la memoria del tiempo la iglesia solitaria, recóndita, es el jardín de la selva donde se juntaron alguna vez las místicas voces donde la raza mezcló su agonía sinfónica en la entraña de Cristo..." (Miguel Pino Castilla)

La arquitectura religiosa de Campeche y sus pueblos refleja el espíritu austero de los franciscanos, independientemente de que las construcciones de los siglos XVI y XVII estaban a merced de los saqueos piratas, situación que desalentaba cualquier intento de ostentación, preocupándose más la población por el comercio y la defensa de sus bienes que por hacer temerarios alardes de piedad.

Cada uno de los inmuebles tiene un origen y una historia distinta. Algunos se deben a la caridad de algún rico vecino, otros a la acción de alguna autoridad civil o eclesiástica, o bien es el resultado de la conjunción de ambas iniciativas. En varios de los templos son evidentes las etapas constructivas y en otros sorprende lo profuso de sus altares y nichos, así como la majestuosidad de colores que aún conservan.

Castamay

Localizada a 12.6 kilómetros del centro de la ciudad de Campeche y tomando la carretera 261 Campeche-Hopelchén se llega a éste pueblo enigmático. Los domingos aún se pueden ver a sus habitantes sentados en la plaza del pueblo mirando transcurrir el pasar del tiempo, algunos otros cumpliendo con el culto religioso y muchos más degustando el paladar con una torta de cochinita o unos tacos de relleno negro a la orilla de la carretera principal con viajeros que se detiene a mirar su antigua iglesia.

La comunidad fue en otros tiempos una de las haciendas henequeneras más prósperas del Estado propiedad de los García Gual y García Poblaciones, estos últimos partícipes de la emancipación política de Campeche.  

El viejo templo de Castamay se hizo bajo la dirección del hacendado Don Julián Gual en el año de 1870, acontecimiento que quedó inmortalizado en una pequeña placa de mármol que forma parte de las muchas que se encuentran en su interior.

El santo patrono de la iglesia es San Antonio cuyos pobladores de la comunidad cuentan que es un santo castigado en 1896: sucedió que ese año los vecinos de Castamay presintieron una terrible sequía pues era ya tiempos de lluvias y éstas no caían, lo que causo gran alarma. Decidieron celebrar entonces un novenario en honor a San Antonio y al mismo tiempo celebrar una de esas ceremonias para conseguir los beneficios del dios Chac. Los de Castamay enojados por la falta del líquido, sacaron la imagen del santo y lo pusieron de plantón a la puerta de la iglesia, recibiendo sin consideración alguna los candentes rayos del sol. Mientras la imagen permanecía a las puertas del templo los vecinos se dedicaron al escándalo general, aprovechando para ello carabinas, cohetes, utensilios y todo que pudiera armar ruido para despertar al dios de la lluvia. Después de un par de horas de castigo regresaron al santo a su urna y se retiraron satisfechos con la esperanza de recibir la recompensa. Al otro día, por esas razones que a veces se desconocen cayó un fuerte aguacero que casi inundó la finca, motivando que la mayoría de los vecinos se dirigieran al templo para dar gracias a su patrono (Encalada, 1987: 84-85).

Hoy en día la iglesia sigue imponente y luchando con el paso del tiempo. En su interior se rige como imagen principal, desplazando al santo patrono San Antonio, un cuadro de la Virgen de Guadalupe, algunos viejos santos, el remodelado nicho de block y cemento para el Santísimo, que a decir verdad contrasta mucho con la vieja arquitectura, las placas mortuorias demármol de algunos pobladores distinguidos como Joaquina Pacheco de Salazar, Rafael García Ocampo, Pablo Gual y Julián Gual, así como las placas que señalan que ahí están depositados los restos de Don Antonio y Don José García y Poblaciones, campechanos que lucharon con Pablo García y Montilla por la emancipación política del Estado.

 A un costado del viejo atrio se pueden ver algunas tumbas, cuando éste funcionaba como cementerio, que discrepan con el verde de la hierba y con el olvido de aquellos que caminan y visitan el viejo templo, que con el paso de los años ve pasar el tiempo en espera de una remodelación y un rescate de su historia.

Bolonchén Cahuich

La población se ubica a 80 kilómetros de la ciudad capital de Campeche tomando la carretera Campeche-Chiná-Hol y siguiendo la vía que lleva a la comunidad de Alfredo V. Bonfil hasta llegar al entronque de la vieja ex hacienda de Lubná, ahí se encuentra la desviación para esta localidad.

El pueblo tuvo nueve pozos, cuatro de ellos en la plaza principal y el resto a los alrededores. De acuerdo a Santiago Pacheco Cruz (citado por Encalada, 1987: 71) elpoblado debe su nombre a la traducción que quiere decir: “las dos vistas de los nueve pozos”, por derivarse de las voces de bolón, nueve, cheen, pozo; y uich o ich, ojo, que de igual manera se podría traducir como “los nueve pozos de Cahuich.”

Al llegar a la comunidad lo primero que es de admirase es la arquitectura de la vieja y abandonada iglesia. Encallada junto a la Escuela Primaria y haciendo eco por contrarrestar su pasado de gloria con la moderna cancha techada de usos múltiples se encuentra su imponente fachada con su notoria espadaña de tipo franciscana ya sin las campanas que llamaron a misa en otros tiempos y con el ventanal de lo que fuera el coro. Sin puertas y con algunos dinteles en el acceso principal se pierde en el olvido y su historia. Dentro de la nave principal el piso desaparece entre la maleza. A sus lados, en sus muros aún se pueden observar los agujeros que soportaron el techo que dio sombra a los indios que acudían a los oficios religiosos.

Al fondo de la iglesia, en lo alto del techado a dos aguas, se encuentra un pequeño nicho y debajo una inscripción que expresa: “Ave María 1758”, fecha probable de la conclusión de la iglesia y dedicada a la madre de Jesucristo.

Como toda construcción de su tipo, un gran arco limita la primera parte del altar que estuvo techado con bóveda de cañón corrido y remata con dos nichos que aún conservan sus decoraciones en colores azul y rojo.

Con respecto al presbiterio, cuyo techo de bóveda de cañón corrido se encuentra totalmente colapsado, se pueden observar en el altar mayor sus ribetes y columnas afanadas con piedra de cantera, así como detalles ornamentales y en cada esquina una especie de torreones y sobre la pared  principal se pueden percibir aún figuras y detalles que adornaron el altar en colores azul y amarillo.

Según Ricardo Encalada (1987:72) lo que fue la sacristía guardaba en su interior tres tesoros invaluables: la pila bautismal con inscripciones del siglo XVIII, la imagen de la Virgen de la Concepción finamente tallada en madera y revestida en pasta y una antiquísima cruz con dibujos e inscripciones de la pasión de Cristo y que formara parte del acervo religioso de la otrora iglesia de Bolonchén Cahuich.

Al igual que en  la mayoría de los pueblos de Campeche, en Bolonchén Cahuich se narran historias de ancianos que se han convertido en leyendas y que al transitar de generación en generación han pasado a formar parte de la visión histórica colectiva del pueblo.

Son muchas las historias que se dicen, entre ellas los ancianos recuerdan la de la temible viruela que azotó la población en 1833: “cuentan los antiguos que aquí se quemaban de cien a ciento veinte personas por mes”…”Dicen que los llevaban detrás del cementerio y ahí le prendían fuego vivos”… El caso es que la viruela acabó con el pueblo y mucha gente que no enfermó, luego de eso prefirió abandonarlo. Algunos que se enfermaron pudieron salvarse, como don Antonio Villalobos que fue atacado por la viruela pero se le curó a tiempo. Dicen que sobre cogollos frescos de plátano lo acostaban y así fue como se curó. Pero ese pobre señor tuvo tan mala suerte que no murió de la viruela, si la sufrió y hasta miedo tuvo que lo quemen, pero al final de cuentas él se perdió en la sabana y nunca lo encontraron. Al parecer se lo comieron los animales o alguien lo tiró y para no meterse en problemas lo enterraron quien sabe en dónde (Encalada, 1987: 74-75).

Otra de las historias que se cuentan y que se mantiene arraigada entre los ancianos y jóvenes del pueblo es la del “Cul-Cal-Kin” (letras más o letras menos). Cuenta la gente que esta historia tuvo que ver con que el pueblo casi se acabara: en los buenos tiempos de Bolonchén Cahuich, el sacerdote Juan de la Jordia de origen español, vivía en el pueblo en una de las mejores casas atendiendo a los feligreses que en buen número se daban cita en la hoy derruida iglesia. Pero entre las tantas calamidades de esta población, llegó el tiempo de la langosta y arrasó por completo con las milpas y sembradíos de los pobladores. Sin embargo, la langosta no atacó la milpa que fomentaba el sacerdote, conocedor tal vez de los sistemas para evitar la plaga. El pueblo irritado por esta situación, no cupo en su enojo y acudió hasta la casa del sacerdote para pedirle cuentas. El caso es que sumamente molestos por las pérdidas que  habían sufrido, la agarraron contra el representante eclesiástico y sin medir consecuencias luego de destruir la milpa, se lo llevaron y así enojados, sabiendo de la castidad de estos hombres, intentaron que el sacerdote se metiera con las mujeres. Dos de ellas, completamente desnudas se le ofrecieron o de lo contrario sería sometido al cruel castigo de los cintarazos. Pero aquél prefirió la cintariza antes que perder sus votos de castidad, y fue tal el castigo, que optó por abandonar el pueblo sin que jamás se volviera a saber de él. Pero antes de irse maldijo al pueblo señalando que nunca iba a crecer.  Al poco tiempo bajo la mata de ceiba que se encuentra cerca de la iglesia una sombra empezó a inquietar a los vecinos de Bolonchén. Los rumores corrían; ¡Es un cura sin cabeza! ¡Es el Cul-Cal-Kin! No faltó quien lo viera y contara que era el cura que habían golpeado pero sin cabeza. Anda con su biblia y sale de la iglesia (Encalada, 1987: 75-76).

Algunos pobladores hoy en día aseguran que el sacerdote aún se aparece en la vieja iglesia de Bolonchén Cahuich, pueblo con una identidad cultural definida a través de sus múltiples aspectos en los que se plasma su cultura.

Pich

La comunidad es considerada como la más grande de las 37 que conforman el municipio de Campeche. Ubicado a 84 kilómetros de esta ciudad siguiendo la carretera Campeche-Chiná-Hol se llega a esta población que aún conserva su grandeza y costumbres.

Con más de tres mil habitantes, la mayoría hombres y mujeres mayas que cohabitan con “colonos” llegados de la región centro y norte del país ya hace algunos años y con refugiados guatemaltecos, los pichuleños, como se les conoce, son hospitalarios y unidos como campechanos.

Cuando Francisco de Montejo, el Mozo, emprendió la pacificación de los indios de Yucatán pidió a la Corona española que le dotara de religiosos para iniciar la conquista espiritual de las tierras mayas. El conquistador solicitó que le enviaran religiosos de la Orden del Patriarca San Francisco, porque sus características de pobreza, espiritualidad y abnegación los hacían idóneos para iniciar la pesada labor de evangelización de los indígenas. Por eso en el año de 1537 llegó el primer grupo de franciscanos a tierras mayas. Eran muy pocos pero llevaban sus corazones alegres y entusiasmados porque iban a difundir la palabra de Dios.

La primera iglesia que se fundó, con la ayuda de Francisco de Montejo el Mozo, fue en el puerto de Campeche en 1546 y fue fray Luis de Villalpando quien se hizo cargo como guardián del nuevo convento. Bajo la dirección de Villalpando los frailes se adentraron en los caminos de los montes para llegar a los pueblos que se encontraban en la selva y llevar las enseñanzas del cristianismo, mismo que dejaron huella en los principales poblados con la construcción a su vez, de templos y conventos en toda el área que la conquista española les había concedido.

En la comunidad Pich se encuentra un monumental ex convento franciscano del siglo XVII ya restaurado hoy en día por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de Campeche denominado “Las Tres Cruces”. La historia oral señala que dicho convento fue construido sobre un antiguo edifico prehispánico.

La iglesia de Pich es de característica franciscana: de una sola nave, con techo de reciente creación, en la restauración de 1999,  y rematado por dos candelabros, con vigas de madera que los mismos pobladores aportaron para edificarlas y dividida por arcos que hacen la forma de contrafuertes. En el interior de la nave se encuentra una pila bautismal de piedra, así como cuadros, algunas placas conmemorativas con nombres de personas de la comunidad que llegaron hacer sacerdotes y crucifijos que representan la pasión y muerte de Jesucristo. En una de sus paredes resaltan tres cruces de color verde ricamente ataviadas con pequeños mantos y decoradas con dibujos que representan la muerte de Cristo. El presbiterio es de dos tipos de altura, el primero de dos escalones, un espacio con una mesa de altar y luego un escalón más que es rematado por un altar de madera adosado a la pared y dividido por cuatro nichos, en la parte media del altar se encuentra una gran imagen de un Cristo crucificado.

La portada de la iglesia es sencilla, la puerta principal de portón ferrado está flanqueada por un arco de cantera y sobre él la ventana del coro de forma cuadrada. El remate final lo forman las espadañas con tres cruces.

A un costado se encuentra lo que fue un claustro, ocupado actualmente por las personas de la comunidad encargadas de mantener limpia y en orden la iglesia, así como también es ocupado los fines de semana cuando el párroco llega a oficiar misa.

La etimología de Pich es “árbol de madera dura”, palabra de origen maya que fue adjudicada al pueblo, según las personas ancianas del lugar, por la abundancia que en otros tiempos había de estos árboles en los contornos del mismo (Encalada, 1987: 295).

Las principales fiestas del pueblo se realizan el 3 de mayo en honor a la Santa Cruz, el 8 de diciembre fiesta de la Virgen de la Concepción, el 12 de diciembre por la fiesta de la Guadalupana y el 6 de enero con motivo de la fiesta de Reyes.

Sin lugar a dudas la comunidad es todo un atractivo turístico: se puede visitar su aguada, humedal de 120 metros de diámetro y 3 metros de profundidad, los cerros Chuncuas, Ixchun e Ixpuleé, además de que el visitante puede convivir con los lugareños para aprender sobre su cultura y forma de vida, asistir a talleres artesanales y participar de las fiestas de procesión de las Tres Cruces. En estas fiestas el visitante puede disfrutar de las corridas de toros, charreadas, juegos pirotécnicos, juegos mecánicos, las representaciones de música y baile tradicional, así como una variedad de platillos de comida local.

Bibliografía
Álvarez Suárez, Francisco. (1977) Anales Históricos de Campeche. Tomo I. Gobierno del Estado de Campeche.
Encalada Argáez, Ricardo. (1987) Las poblaciones del municipio de Campeche. H. ayuntamiento de Campeche.
Pérez Galaz, Juan de Dios. (1979) Diccionario Geográfico, Histórico y Biográfico de Campeche. Gobierno del Estado de Campeche.