LAS FORTIFICACIONES DE CAMPECHE: EL PROYECTO DE LA DEFENSA

“Navega velero mío, sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza, tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor.” (José de Espronceda)

La piratería es, como fenómeno histórico, el resultado de un cúmulo de diversas circunstancias de índole económica, política y geográfica cuya comprensión requiere abandonar el estereotipo del pirata que ha sido elaborado por la literatura y el cine: aunque la imagen de garfios y tesoros escondidos pueda generar simpatías, debe tenerse en cuenta que no se ajusta a la realidad de un fenómeno que, por su naturaleza misma, estaba en constante cambio. La fascinación que más o menos desde el siglo XVIII ha producido esa imagen a un mismo tiempo romántica y violenta en la cultura occidental pudo haber surgido, entre otras cosas, por la impresión de “libertad” (o por lo menos de una posibilidad de escapar de las reglas de la sociedad) que había en los relatos que llegaban a Europa desde allende los mares; el otro lado de la moneda lo componían los relatos sobre juego, borracheras, pillaje, secuestro, asalto, asesinato y violaciones. El grado de ambigüedad es tal, anota Hugh O’Shaughnessy, que en muchas partes del mundo niños pequeños asisten vestidos como piratas a las fiestas de disfraces sin que sus madres piensen que están vestidos de ladrones y asesinos (Moreno, 2007, p. 373).

La falta de protección de las embarcaciones se hace evidente cuando en 1628 el pirata holandés Peter Heyn logra apresar en el canal de Bahamas a la flota española que conducía ocho millones de pesos de Veracruz a Sevilla. La pérdida progresiva del control de los mares requería medidas urgentes, y Felipe IV ordenaba ese mismo año la creación de una Armada guardacostas cuyo sostenimiento debía correr por cuenta de las provincias de Nueva España interesadas en la medida.

En Yucatán, una asamblea de los ayuntamientos de Mérida, Campeche, Valladolid y Bacalar se encargó de recaudar la contribución que, sobre cacao, vino, naipes, ropa y otros artículos, debía producir durante quince años los siete mil pesos anuales que la provincia debía aportar. Es así como el conde de Peñalva, Gobernador de Yucatán, ordenó el apresto permanente de una fragata armada en guerra para vigilar la costa desde Sisal hasta la Laguna de Términos. Para su sostenimiento se propuso al rey usar el producto que se pagaba para el sostenimiento de la Armada de Barlovento (Antochiw 2006, p. 38, citado en Urdapilleta, 2014, p. 229).

En 1610 el Gobernador de la provincia de Yucatán, Carlos de Luna y Arellano, mandó construir una fortaleza que pudo ser considerada la primera defensa formal levantada en el puerto de Campeche. Se menciona que tenía características de casa-fuerte, de planta rectangular y sin baluartes. La construcción, según la cartografía existente, se localizaba en las cercanías de la iglesia de San Román y a la orilla del mar: era conocida como “la fuerza de San Benito”. No tuvo mayor desempeño durante el ataque de 1633, en el que los piratas Pie de Palo y Diego el Mulato saquearon la población. Sin embargo, la primera relación completa de las defensas de la Villa de Campeche data del año de 1656, ordenada por don Francisco de Bazán, Gobernador provincial de Yucatán, y allí se describen tres fortificaciones: San Benito y el Santo Cristo de San Román a los bordes de la población, y la Santa Cruz en el Cerro de la Eminencia (Victoria, 2000, p. 43, citado en Urdapilleta, 2014, p. 236). Más tarde se construyó el Bonete o fuerte de San Francisco, que custodiaba la plaza principal allí donde hoy se encuentra el baluarte de la Soledad, que resistió el embate de Mansvelt en febrero de 1663 tras ser volado el de San Benito. El baluarte del Santo Cristo de San Román fue levantado antes de 1656 con la finalidad de proteger el camino de Lerma. Esta ruta fue la preferida de los piratas debido a la facilidad de desembarco en sus playas, de mayor profundidad que las de la villa. Consistía en una pequeña obra con trece troneras desde las cuales la artillería podía disparar hacia todos sus frentes, y se unía con San Benito mediante una trinchera (Ortiz, 1996, p. 20-21).

En 1680, el alférez e ingeniero militar, don Martín de la Torre condenaba a estas fuerzas a desaparecer, debido a su cercanía a la ciudad ya que eran perjudiciales para la nueva fortificación: “el proyecto se puso en conocimiento con fecha del 18 de mayo de 1680. Aprobado el proyecto, se destinó a realizarlo. El producto de una partida de sal cedida por el vecindario de Campeche, valuada en diez mil pesos que se consumieron en la reparación de las fortificaciones entonces existentes y en levantamiento del castillo de la marina de Lerma” (Pérez, 2006, p. 106).

En 1686 se abrieron los primeros cimientos del nuevo sistema de fortificación, aunque dos años antes se había iniciado la construcción del primer baluarte. Para 1699 se tenían siete de los ocho baluartes y casi todas las cortinas. Faltaba el baluarte de Santiago y las cortinas que le unían con el de La Soledad y el de San José. Para 1704, 18 años después de iniciadas oficialmente las obras, el perímetro quedaba por fin cerrado, a un costo diez veces mayor al previsto. Para estas fechas se propuso demoler el convento de San Francisco por temor de que sirviera de refugio y fortaleza para los piratas, pero la demolición no se llevó a cabo (Ortiz, 1996, p. 42-45).

La construcción defensiva se concluyó gracias al trabajo de los indios mayas, a la creación de impuestos como los cuatro reales por fanega de sal que salía de la provincia hacia cualquier destino, a la elevación de otros gravámenes y aún a la extracción de considerables cantidades de los fondos reales (Juárez, 1972, p. 401, citado en Urdapilleta, 2014, p. 237).

El sistema de defensa se completó así: encerrando el lugar poblado por los españoles y los antiguos barrios de naboríos y mulatos, se levantó un hexágono irregular formado por la muralla, y rematado en cada uno de sus ángulos y en la mitad de sus lados, que, en su orden, partiendo del de San Carlos, que era el más antiguo y siguiendo para barlovento, por la costa fueron: La Soledad, Santiago, San José, San Pedro, San Francisco, San Juan y Santa Rosa.

Las fortificaciones de Campeche no fueron, en su época, igualadas en ciudad alguna de América y constituyeron ejemplo importante de la arquitectura militar.

Sólo que este aparato de defensa no fue utilizado nunca contra los piratas, pues su conclusión, coincidió con el declinar de la piratería.

Fuentes consultadas
Juárez Moreno, Juan (1972) Piratas y corsarios en Veracruz y Campeche. Sevilla. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Escuela de Estudio Hispano-Americanos.
Moreno Álvarez, Leonardo Guillermo (2007) “La piratería americana y su incidencia en el Nuevo Reino de Granada, siglos XVI-XVII: un ensayo bibliográfico”. En Fronteras de la Historia. Núm. 12. pp. 374-404. Colombia. Consultado el 16 de enero de 2017. Recuperado de http://www.redalyc.org/pdf/833/83301212.pdf
Ortiz Lanz, José Enrique (1996) Piedras ante el mar. Las fortificaciones de Campeche. Gobierno del Estado de Campeche. Conaculta.
Pérez Martínez, Héctor (2006) Piraterías en Campeche. Siglos XVI, XVII y XVIII.Gobierno del Estado de Campeche, Conaculta.
Urdapilleta Caamal, Ivan (2014) “Más allá de las murallas: el sistema defensivo de Campeche durante el régimen de los Austrias”. En INDIANA 31. Consultado el 16 de enero de 2017. Recuperado de http://www.iai.spk-berlin.de/fileadmin/dokumentenbibliothek/Indiana/Indiana_31/IND_31_2014_219-244_Urdapilleta.pdf
Victoria Ojeda, Jorge (2000) El emplazamiento arquitectónico defensivo en el Campeche colonial. Gobierno del Estado de Campeche, Conaculta.