LOS ESPACIOS DE LA MUERTE

“Cuanto más completamente ha vivido uno, cuanto más haya realizado sus capacidades creativas, menos temerá la muerte… La gente no teme a la muerte, sino a lo incompleto de sus vidas”. (Lisl Marburg Goodman).

La forma y lugar de enterramiento ha variado a lo largo de la historia como un elemento más, inherente a cada cultura, tradición o época histórica. Los cementerios reflejan de un modo u otro su mundo, su sociedad, de ahí su importancia e interés. Estos lugares sagrados, que han llegado hasta nosotros, no sirven tan solo para el estudio de la muerte sino también para el de la vida, ya que suponen la expresión de un momento histórico.

En la cultura clásica la vida y la muerte tenían espacios claramente diferenciados. Las necrópolis se situaban fuera de las ciudades pero no lejos, en lugares de paso, a lo largo de las carreteras evitando el olvido de los antepasados y propiciando, a la vez, la seguridad de estos espacios sagrados. Ésta cierta lejanía evitaba el riesgo de contagio de enfermedades que podían emanar de estos lugares infectos.

Este panorama se vio alterado con el cambio de mentalidad y de creencias. Con la llegada del cristianismo surgía la necesidad de inhumación cerca de lugares sagrados o personajes santos. Así surgen las catacumbas, cavidades subterráneas en las cuales los cristianos perseguidos se hacían enterrar lejos de las necrópolis paganas. Estos subterráneos se polarizaban entorno a tumbas de santos o mártires de ahí nombres como, catacumba de San Calixto o de los Santos Pedro y Marcelino. Las tumbas en su mayoría estaban dotadas de inscripciones, decoraciones de significado cristiano o en los mejores casos, cuando el propietario se lo podía permitir, encargaba a algún tallista un sarcófago decorado mediante relieves o hacía pintar imágenes en el muro. De un modo u otro estas tumbas trasmitían el recuerdo del difunto a las generaciones siguientes, de ahí su nombre monumentum, de memoria, la tumba es memorial (Ariés, 1984, p. 173).

Al proclamar Constantino el cristianismo religión oficial del Imperio Romano en el año 323, la necesidad de enterramientos subterráneos desaparece. En este momento, cuando se comienzan a construir las primeras basílicas paleocristianas en superficie, también los cementerios salen al exterior. Ya en la Edad Media había quedado delimitado por la tradición el emplazamiento de las tumbas. Perpetuando a sus antepasados, ahora se localizaban cercanos a conventos, junto a los muros de catedrales y monasterios esperando con ello una garantía de salvación.

Es este momento cuando la vida y la muerte se unen en un mismo espacio, la ciudad se convierte en un gran cementerio a pesar de la oposición de las máximas autoridades eclesiásticas. Los muertos ahora presentes en la vida cotidiana de los vivos dejaban explícita su diferencia, su jerarquía. Las clases más elevadas, nobleza y aristocracia, los personajes más favorecidos o aquellos pertenecientes a hermandades o cofradías ocupaban espacios privilegiados en el interior de los edificios religiosos, bien en capillas privadas, bien en criptas o en bóvedas excavadas en muros y suelos. La nave central, sin embargo, era reservada a las categorías eclesiásticas y familias reales. El resto de la población quedaba fuera del recinto sagrado ocupando todos los terrenos adyacentes a la iglesia, conformándose con la cercanía, no a las imágenes de devoción, sino al templo se situaban los llamados cementerios parroquiales. Sin embargo, tanto se preocupó por el destino de las almas que el cristianismo se desembarazó de los cuerpos, abandonándolos a la Iglesia, donde eran olvidados. Esta afirmación podría apoyarse en el hecho de que las sepulturas fueran completamente anónimas, los cuerpos estuvieran hacinados, se reutilizaran las fosas una y otra vez y se amontonaran los huesos revueltos en los osarios sin ningún tipo de pudor. Para Philippe Ariés (1884) estos serían signos de indiferencia en relación a los cuerpos físicos y esta misma indiferencia no cambiará hasta finales del siglo XVIII.

Sin embargo, debemos resaltar el hecho de que no todos los enterramientos se hicieron en las cercanías de la población, ya que posteriormente se fueron habilitando cementerios en las afueras de las ciudades por causa de las más diversas epidemias que asolaron a la población como pudiera ser la peste, con la intención de mantener los cuerpos alejados y no contagiarse. Este racionamiento lógico será más tarde el principal argumento para hacerlos permanentes.

Lo cierto es que se produce una reafirmación de la vida, y la muerte pasa a considerarse un destino no deseable. El pensamiento adquiere una preeminencia fundamental que se plasma en el ámbito urbano en medidas de higiene pública y sanidad. Desde este punto de vista, la coexistencia de los vivos y los muertos en condiciones de deficiencia sanitaria agravada por frecuentes epidemias requiere una intervención radical; se tomarán medidas al respecto, prohibiendo las inhumaciones en las iglesias y obligando a la construcción de lugares específicos para realizar enterramientos, apartados de los cascos urbanos.

Y como dice Luis Fernández Galiano “somos el único animal que posee ritos funerarios, y antes de ser monos gramáticos fuimos monos sepultureros”

 

Fuentes consultadas
Ariés, Philippe (1984) El hombre ante la muerte. Consultado el día 6 de noviembre de 2015. Recuperado de https://drive.google.com/file/d0B5JGoBVRg7zraTZvd0xudWFjMm8/edit?pli=1
Lalueza, Fox (2005) Genes de Neandertal. Madrid, Ed. Síntesis.